Por Florencia Galarza
La transexualidad sigue siendo un tema envuelto en tabúes y prejuicios en nuestra sociedad, que todavía se aferra a una visión binaria del mundo. La serie biográfica sobre Cris Miró, una de las primeras vedettes trans en Argentina durante los años 90, ha revitalizado el debate sobre los derechos y la calidad de vida de las personas trans en la actualidad, revelando un interés creciente -aunque insuficiente- por erradicar la discriminación.
En la década del 90, época en la que se sitúa la serie, no existían leyes como la Ley de Identidad de Género o el Matrimonio Igualitario que hoy protegen a las personas trans. Fue recién en 2012 cuando Argentina sancionó la Ley 26.743, permitiendo a las personas trans el reconocimiento oficial de su identidad de género y facilitando su acceso a derechos como el empleo formal, a través de legislaciones como la Ley 27.636.
En este número conoceremos la historia de Adam Yan López y Sebastián Zokayki, dos graduados de la Universidad Nacional de Misiones (UNaM), quienes contaron experiencias personales, desafíos y logros que enfrentaron en su camino hacia la autoaceptación y autenticidad como masculinidades trans. Adam, quien comenzó su transición a los 33 años, ha enfrentado barreras tanto físicas como sociales, mientras que Sebastián describe al proceso de transición como una autoaceptación.
Adam es técnico y licenciado en Comunicación Social, graduado de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la UNaM. Actualmente trabaja en la Dirección Nacional de Vialidad, empleo que se generó a través del cumplimiento de la Ley de Promoción del Acceso al Empleo Formal para personas Travestis, Transexuales y Transgénero (Ley 27.636) en la República Argentina. A su vez forma parte de una asociación que se llama Somos Diverses, en la cual milita y trabaja por la promoción de derechos del colectivo LGBTIQ+ en la Ciudad de Posadas.

¿Cómo surge en vos este proceso de transición?
Al principio, la verdad no sabía todo lo que me estaba pasando en relación a mi construcción identitaria, pero sí estaba muy inmerso en actividades militantes del colectivo LGBTIQ+, y específicamente en acompañamiento a varones trans. De hecho, la tesis para recibirme de la carrera fue sobre el cumplimiento de la Ley de Identidad de Género en el ámbito público y privado de la ciudad de Posadas. Ese tema realmente me sensibilizó un montón, a tal punto que después de defender la tesis entendí que eso abrió un portal de interrogantes y recuerdos de mi infancia que tenían que ver con una configuración identitaria que no era la que yo estaba viviendo en ese momento.
¿A qué edad empezás a acercarte a la identidad de género con la que te percibís?
Al reflexionar sobre mi infancia, me di cuenta que ya a los seis años sentía una mayor afinidad con los varones y prefería actividades y comportamientos asociados a ellos. Mi infancia fue relativamente libre, me permitían jugar a juegos típicamente masculinos, pero la presión social me llevó a seguir roles de género convencionales. A medida que crecí, las expectativas sociales se volvieron más estrictas y difíciles de manejar, especialmente cuando mi identidad no coincidía con los roles impuestos.
¿Cómo fue tu experiencia de transición a los 30 años?
Transicionar a los 30 años me presentó desafíos, el cuerpo no es el mismo y la etapa de la vida en la que me encuentro tampoco. Yo decidí hacer modificaciones registrales, iniciar tratamiento hormonal y quirúrgico. El proceso hormonal y la operación parcial de reafirmación de género lo hice a través del Hospital Ramón Madriaga y de mi obra social. Al principio fue difícil enfrentar la realidad de que, aunque me identifico como hombre, mi apariencia aún no coincidía con el ideal masculino hegemónico. Enfrenté retos como miradas y comentarios. La discriminación se hizo muy evidente en varias situaciones.
Por otra parte, Sebastián Zokayki, también graduado de la UNaM es licenciado en Antropología social y actualmente trabaja en el Ministerio de Educación de la provincia, forma parte del equipo técnico-profesional de la Dirección de Políticas Estudiantiles
¿Cómo empezaste a transitar el cambio?
¿Qué cambio?
A vivir la identidad sexual con la que te identificás...
En realidad, uno no cambia, uno se acepta. Y eso, uno va rectificando, como la vida de uno va rectificando el nombre, los demás ven como un cambio, ven como una transición, pero en realidad es que uno está mostrando quién es realmente, uno se está aceptando.
¿Y a qué edad empezaste a expresarte de acuerdo a lo que sentías?
Dejé de vestirme con ropa de mujer más o menos a los 38 años. De igual manera me compraba mi ropa, pantalones flojos, no quería que se vea mi cuerpo.
Cuando conocí a algunos varones trans a través de la militancia de la diversidad me empecé a identificar y entender todo lo que había pasado en mi vida. Yo tengo dos hijos de 19 y 14 años, los parí, salieron de mi vientre siendo mujer.
Ellos entendieron bien mi aceptación como varón. Obviamente que no estuve solo, lo hablé con mi psicóloga para transitar por ejemplo la discriminación que la viví toda mi vida. Siempre digo que llegar a la universidad y ser trans, no es poco, en el medio hubo mucho bullying.

¿Cómo viviste el proceso de la maternidad?
Yo quería tener hijos. Fue lo más lindo que me pasó. Me parecía raro ver mi cuerpo. Era una cosa rarísima, porque era muy mujer con todas las hormonas a full, pero el hecho de ser madre no lo sentí como algo forzado ni fue un mandato, yo sentía el deseo de ser mamá y tener una pareja.
Siempre crié con mucha libertad a mis hijos, desde chiquitos. En cuanto a la vestimenta, sus vínculos, sus elecciones. Me enfoco en que ellos vivan su vida de forma plena. Al momento de elegir sus parejas, quiero que estén con quienes ellos quieran estar.
La identidad de cada individuo es una experiencia profundamente personal y única. Como expresó Cris Miró en una entrevista con la conductora Mirta Legrand, “mi nombre es el que siento”, subrayando la importancia de que cada persona tenga la libertad de definir su propia identidad. La igualdad de derechos para las personas trans no es solo una cuestión de justicia, sino de humanidad.
