A 49 años de la Noche de los Lápices
La continuidad de las juventudes que resisten
Por Carlos Posdeley y Carla Páez - Estudiantes de Antropología Social - UNaM
Es septiembre en Misiones. Se nota en las calles teñidas de rosa por los lapachos, en las veredas alfombradas de flores, y en el murmullo que asciende desde el río hacia el centro de Posadas. Son cientos de adolescentes que, entre los 14 y 18 años, ensayan sus pasos y música para la estudiantina. Ese bullicio que desconcierta a algunos y molesta a otros, también despierta sonrisas y sensibiliza a buena parte de los vecinos.
Esos adolescentes, organizados trabajan durante semanas: en plazas, playones, patios prestados. Dedican tiempo, dinero y energía a construir algo colectivo, a tomar la calle para celebrar, y hacerse visibles en comunidad. Hoy lo hacen en una fiesta que celebra la primavera y al estudiante. Pero hace cuarenta y nueve años, la organización de los adolescentes tenía otro objetivo: un descuento en el precio del transporte público, para que más estudiantes puedan finalizar el nivel secundario. Entonces, las consecuencias no fueron risas y festejos, sino persecución, secuestro y muerte.
La Noche de los Lápices ocurrió el 16 de septiembre de 1976, y fue ejecutada por el Batallón 601 del Servicio de Inteligencia del Ejército. Seis estudiantes fueron secuestrados y desaparecidos; otros cuatro sobrevivieron a la tortura. De esta narración, hay un aspecto que consideramos esencial reflexionar. Muchas veces, cuando pensamos los procesos históricos y las memorias que se construyen, no le dedicamos el tiempo suficiente a una arista crucial: esos jóvenes tenían la misma edad de quienes hoy vemos disfrutando su rebeldía, juventud, y energía. Solamente 16, 17 y 18 años. Sin embargo, entre continuidades y discontinuidades, semejanzas y diferencias a lo largo de la historia, algunas experiencias nos atraviesan como marcas en nuestra propia piel.

Pensar esa continuidad generacional no es un ejercicio menor. Como plantea el escritor Ignacio Lewkowicz, las generaciones se constituyen allí donde un legado resulta insolvente, y los jóvenes atravesados por la misma subjetividad se paran frente a una problemática para la cual aún no existen respuestas. ¿Qué nos une y nos diferencia de la maravillosa juventud de los años 70?
Durante 1976, la Unión de Estudiantes Secundarios se enfrentaba a una dictadura sanguinaria que tenía objetivos claros: eliminar a una generación entera, mediante la miseria planificada y un genocidio cruento, para llevarse por delante todos los resortes institucionales y democráticos de un país en desarrollo, que se animaba a plantarles cara a las grandes potencias mundiales.
La educación gratuita, de calidad, y accesible para todos, era uno de esos emblemas que nos distingue y caracteriza. Una herramienta de ascenso social y emancipación política para los millones de hijos e hijas de trabajadores y trabajadoras de las clases populares. Es por eso que 10 estudiantes secundarios podían ser definidos como “integrantes de un potencial semillero subversivo”.
Sin el terrorismo de Estado, hoy, millones de estudiantes de la educación pública nos encontramos ante un ejercicio del poder homólogo por parte del actual gobierno nacional: un constante desagravio y descalificación (tratandonos incluso de “parásitos mentales”), la desfinanciación de los programas de ciencia y tecnología, y un vaciamiento sistemático de la Universidad pública que amenaza con expulsarnos de las aulas.


Sin embargo, la juventud no se reduce a víctima ni espectadora. Hoy, los jóvenes nos organizamos desde la militancia partidaria, no partidaria, estudiantil, barrial y en defensa de lo público, de los espacios que habitamos, por la justicia de género, con la misma energía de aquellas juventudes que lucharon por el boleto estudiantil como un derecho.
La socióloga Elizabeth Jelin, dice que la memoria social no es un recuerdo lineal, sino un proceso que se activa en el presente, que nos permite revisitar dimensiones del pasado, para reflexionar sobre nuestro contexto. Por ello, aunque intenten discutir el pasado para construir un discurso que les permita justificar su accionar violento en este presente, las fuerzas opresivas que atormentan nuestro futuro cometen regularmente la misma torpeza: pensar que las heridas del pasado están saturadas, cuando nos siguen doliendo, interpelando y alentando a no decaer en la lucha y generar disputas sobre lo qué se recuerda y para qué.. La memoria de La Noche de los Lápices nos interpela a no ceder frente al ajuste, la precarización y la despolitización. Nos recuerda que la educación pública sigue siendo una herramienta de emancipación y que la lucha por sostenerla es también una batalla por nuestra dignidad y, sobre todo, por un futuro colectivo, más justo y más solidario.
Por eso, con cada septiembre, en cada primavera con su lapachos de color rosa en la ciudad, estaremos en las calles, juntos, construyendo la vida digna, el mundo mejor, sintiendo la alegría y manteniendo viva la memoria. Porque la patria es el otro.
Ayer soñé con los hambrientos, los locos - Los que se fueron, los que están en prisión
Hoy desperté cantando esta canción - Que ya fue escrita hace un tiempo atrás
Es necesario cantarla de nuevo una vez más. -
Inconsciente Colectivo, Charly García