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El color en el cine: de las tinturas en los primeros tiempos a la sala de corrección digital

Por Lic. Jerónimo Cabassi *

Sobre el origen del cine hay muchas historias, pero la más reconocida es la proyección de imágenes en movimiento con el cinematógrafo —un aparato que funcionaba como cámara y a su vez como proyector—, diseñado por Auguste y Louis Lumière, en el Salón Indien del Gran Café de París, el 28 de diciembre de 1895.

El acontecimiento causó un gran impacto en el público, atrajo a artistas y comerciantes, y se expandió rápidamente por el mundo. En 1896 se realizó la primera proyección en Buenos Aires y, en 1901, se presentaron las primeras imágenes coloreadas en el Salón Teatro de la capital. La investigadora argentina, Carolina Cappa, estima que hacia 1920, cerca del 80 % de los filmes proyectados eran en colores. Sin embargo, solemos pensar que las películas de la primera época del cine fueron en blanco y negro. ¿Por qué?

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Las razones son varias. Muchas copias de estas producciones primigenias no sobrevivieron: se destruyeron —al estar hechas de nitrato, un material inflamable que muchas veces se prendía fuego— o se perdieron. No fueron preservadas y, en los casos que sí lo fueron, sus colores se desvanecieron con el tiempo o se conservaron solamente copias en blanco y negro.

Lo cierto es que el color estuvo presente desde los orígenes del cine y atravesó varias etapas

Los colores autónomos: colores aplicados en la película
La primera etapa, denominada por la investigadora sueca Barbara Flueckiger, de los colores autónomos, consistía en la aplicación de los colores directamente sobre la copia de proyección (una película física de 35 mm de ancho enrollada en bobinas de diverso tamaño y extensión). Inicialmente, el pintado a mano consistía en un trabajo artesanal mediante el que se pintaban fotograma por fotograma con pinceles y rodillos las figuras humanas, fondos, entre otras partes de la imagen. Luego, este trabajo se industrializó con la técnica de plantilla —o pathécolor—, que permitía colorear zonas específicas de la imagen utilizando matrices tipo stencil superpuestas a la copia de proyección, permitiendo una mejora en el tiempo que requería el trabajo. Estas operaciones se realizaban en salas específicas con personal especializado que generalmente eran mujeres.

También existían el tintado y el virado: técnicas que consistían en sumergir la película en líquidos. El tintado coloreaba toda la imagen, mientras que el virado afectaba solomente las zonas oscuras, reemplazandolas por otro color y manteniendo el blanco natural.

La era de los colores autónomos llegó a su fin hacia fines de la década de 1920 con la llegada del cine sonoro. La banda que registraba el sonido —impresa en un costado de la copia— se dañaba con la tintura. Desde entonces, el cine mundial se volvió mayoritariamente en blanco y negro.

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El dominio norteamericano: Technicolor y el control cromático
Paralelamente, hubo otros intentos por registrar el color en la filmación o por agregarlo en la proyección, muchos de estos fueron sistemas bicromáticos (que lograban generar algunos de colores del espectro visible, mediante el uso de dos colores primarios de la luz). Alemania y Estados Unidos fueron pioneros en desarrollar procesos comercialmente viables. En EE.UU., la empresa Technicolor, luego de varios desarrollos, logró consolidar su famoso Proceso N° IV o de “las tres tiras”. Este proceso utilizaba una cámara especial —propiedad de Technicolor— que, junto a su equipo técnico y un fuerte control sobre la estética y uso del color, era parte del servicio contratado. La cámara registraba tres negativos simultáneamente, que luego de un proceso complejo, eran coloreados y transferidos uno por uno a una nueva película transparente, generando imágenes que, por primera vez, tenían todos los colores.

Aunque los colores saturados de Technicolor no se veían como “naturales”, fue el sistema comercial más exitoso. De ahí sus célebres anuncios: “En maravillosos colores por Technicolor” o “Color by Technicolor”. Era un proceso costoso, accesible solo para grandes estudios, que lo usaban sobre todo en géneros como musicales, infantiles o principalmente de fantasía.

En cambio, el cine de autor, experimental, y de las cinematografías nacionales de todo el planeta, fue en blanco y negro. Y por sobre todo, el cine que trataba sobre la realidad, el de realismo social, era indiscutiblemente en blanco y negro.

La democratización del color: el monopack cromogénico
Este sistema usaba un único negativo con tres capas sensibles a los colores primarios de la luz (rojo, verde y azul). Podía emplearse en cámaras comunes, reduciendo costos y brindando independencia tecnológica y artística respecto de EE.UU.

Cuando en 1945 las fuerzas aliadas ingresaron en la Alemania nazi y ocuparon la ciudad de Wolfen, donde estaba la fábrica de películas fílmicas Agfa, fueron liberadas las patentes del sistema cromogénico Agfacolor. A partir de entonces se desarrollaron varios sistemas cromogénicos en diferentes países: Ferraniacolor, Gevacolor, Anscocolor, Eastmancolor, entre otros.

Este sistema, también llamado monopack, permitió que cinematografías de todo el mundo accedieran al color. Sin embargo, muchos cineastas e industrias se resistieron a adoptarlo por motivos culturales e ideológicos: el blanco y negro seguía asociado a la representación “realista”, mientras que el color se vinculaba con universos fantásticos o de puro entretenimiento.

El color en el cine argentino
La cinematografía argentina es considerada una de las diez industrias audiovisuales más importantes del mundo y la segunda en lengua española. Durante la primera mitad del Siglo XX llegó a ser la más grande de Latinoamérica. No sorprendería que esta industria haya tenido sus propios intentos de filmar en colores. En 1942 esa búsqueda tuvo el nombre de Alexcolor: un sistema bicromático (utilizaba una cámara especial con dos negativos simultáneos) desarrollado por Laboratorios Alex (que funcionó hasta entrados los años 80). Alexcolor dejó como resultado una serie de cortometrajes documentales y uno de animación: “Upa en apuros”, con los personajes de la historieta Patoruzú. Pero la dependencia industrial Argentina, intensificada con el bloqueo de celuloide impuesto por Estados Unidos —debido a la neutralidad argentina durante la Segunda Guerra Mundial— llevó a que las productoras y laboratorios estén más preocupados por conseguir material virgen para filmar que desarrollar un sistema propio de color. Con la llegada del monopack cromogénico, este proyecto nacional quedó obsoleto.


Los y las coloristas en la era analógica

Hasta los años 2000, cuando la digitalización comenzó a imponerse, los y las coloristas de los laboratorios eran responsables de la dosificación del color de los filmes nacionales, como también de las copias que se procesaban en el país de producciones extranjeras.

La digitalización pasó a ser el estándar, y a pesar de la reconocida calidad del material fílmico, este dejó de utilizarse de forma habitual. Hoy sigue disponible, aunque a un costo elevado, reservado para producciones de gran presupuesto.

Pero la digitalización trajo muchas mejoras, entre ellas, la posibilidad nunca antes vista en postproducción, de seleccionar, aislar y modificar colores en determinadas zonas de la imagen. A partir de este momento, la corrección de color se volvió cada vez más conocida y se expandió al punto que hoy existen premios en reconocidos festivales de cine, al mejor tratamiento de color. Si buscamos “corrección de color” en internet, encontraremos muchísimos resultados, desde infinidad de Youtubers que ofrecen tutoriales, podcasts, cursos online, academias, e incluso posgrados.

La corrección de color en Misiones
La corrección de color, que nació con esas primeras películas coloreadas a mano, a fines del Siglo XIX, es hoy una actividad reconocida y valorada en todo el mundo.

Es así que, en la Facultad de Arte y Diseño de la UNaM, se dicta la cátedra “Seminario I: Introducción a la corrección de color”, en la Tecnicatura en Medios Audiovisuales y Fotografía, siendo una de las pocas materias específicas sobre este tema dentro de las currículas de universidades nacionales.

Además, las políticas públicas en Misiones, que con el apoyo y el fomento a la producción del Instituto de Artes Audiovisuales de Misiones (IAAVIM), y el CineLAB de Misiones Diseña (MiDI), donde existe una Isla de Colorimetría digital de uso público, hacen posible un contexto para el desarrollo y crecimiento de la corrección de color en nuestra región.

A 130 años de la primera proyección de cinematógrafo, a pesar de la tecnología y la digitalización, la corrección de color continúa realizándose plano a plano (como en sus orígenes), en una sala a oscuras y muchas veces en soledad, consolidándose en la región como una actividad clave para la narración audiovisual.

* Maestrando en Comunicación Digital Audiovisual. Docente responsable de la cátedra Seminario I: Introducción a la corrección de color FAyD-UNaM. Investigador asistente CEHyC-FHyCS-UNaM. Colorista y postproductor audiovisual.

** Imágenes pertenecientes a:
"Nitrato Argentino. Una historia del cine de los primeros tiempos."
Fuente: https://nitratoargentino.org/ 
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