Un camino de superación y aprendizajes
“La universidad me abrió un mundo”
Por Ana Victoria Espinoza
Patricia Franco es una trabajadora social que transformó su vida y hoy cuestiona las violencias naturalizadas, desde lo personal hasta las políticas públicas.
Patricia Franco recorrió un largo camino marcado por la superación de distintos tipos de violencias. Es una sobreviviente que llegó a la universidad pública para transformar su vida y la de su comunidad. Sus palabras reflejan una profunda crítica a las estructuras patriarcales que aún persisten en la sociedad y las instituciones.
Con 44 años, Patricia es Licenciada en Trabajo Social, graduada de la Universidad Nacional de Misiones (UNaM) y está cursando Especialización en Abordaje Familiar. Es integrante de la Dirección de Salud Mental del Consejo Deliberante de Posadas, además de ser adscripta en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales (FHyCS) y realizar tareas comunitarias en barrios de Posadas
Un descubrimiento
Tras casarse, tener tres hijos y dedicarse completamente al cuidado del hogar y la familia, a los 34 años Patricia se inscribió en el programa social "Ellas Hacen” con la intención de mejorar la economía familiar. Al ingresar comenzó haciendo tareas de limpieza, hasta que un convenio del programa con la UNaM le permitió empezar a estudiar una carrera.
“Era de estas personas muy de la casa, de lo cotidiano, del cuidado y la producción de alimentos para mi familia

y vivía encerrada más que nada con mis hijos, dedicada al cuidado hasta que salió el programa Ellas Hacen”, recuerda Patricia.
Así fue que ingresó a la Tecnicatura en Promoción Sociocultural de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales. "Se abrió un mundo para mí", expresa y cuenta que en las clases empezó a cuestionar las normas sociales: "Principalmente esto del cuidado como amor y que era una obligación de la mujer y también el tema de que existían muchas otras formas de violencia que una asume como normal y no era así".
En ese sentido, Patricia señala que en la universidad “uno va sumando a la experiencia un marco teórico que te abre muchos panoramas y principalmente te ubica en un lugar donde vos creías desconocido. Entonces una empieza a cuestionarse y a darse cuenta que donde estaba viviendo no era saludable, principalmente por la violencia económica”.
El quiebre personal
El estudio impulsó un cambio de perspectiva que la llevó a mejorar su realidad. "Ahí empezaron los problemas con mi pareja, porque empecé a cuestionar, empecé a pedir más dinero y empecé a trabajar con la decoración de telas, un trabajo que me daba mi dinero y yo lo podía administrar”.
“Siempre tenía en la cabeza que la mujer tenía que ser buena cocinera, buena amante y tener la casa impecable para que tu marido no se vaya. Esa era la crianza. Y ahí empecé a entender que eso era parte de una construcción de una mujer que tenía que vivir dentro del hogar”, cuenta la profesional.
Ante estos cambios, su pareja reaccionó con celos y violencia psicológica. El mensaje era: "Empezaste la facultad y empezó la pavada". La presión llegó a tal punto que Patricia reconoció "la violencia psicológica, la psicopateada, la manipulación" y decidió separarse después de 16 años de pareja.
La separación no fue el fin del conflicto, sino el inicio de otras formas de violencia. Patricia cuenta que su ex pareja se negaba a pasar dinero para los hijos y la sociedad la hacía sentir "despechada" por reclamar la cuota alimentaria.
“Todas esas cuestiones empezaron a pesar dentro de mí y ahí entendí las consecuencias de la violencia psicológica y la manipulación y empecé a decir que yo no quería eso para mí”, recuerda.
La situación de dolor fue tan intensa que Patricia intentó terminar con vida en dos oportunidades. Gracias a la terapia psicológica, pudo salir adelante. Con el tiempo, su familia entendió y la apoyaron. Actualmente, está separada hace nueve años y tiene tres hijos de 22, 15 y 13 años, la más grande está estudiando Comunicación Social en la UNaM. Su experiencia personal la motivó a impulsar la deconstrucción de roles dentro de su propia familia.
“Siempre tenía en la cabeza que la mujer tenía que ser buena cocinera, buena amante y tener la casa impecable para que el marido no se vaya. Esa era la crianza. En la facultad entendí que eso era parte de una construcción de lo que debía ser una mujer”

La lucha por la corresponsabilidad y el rol de la universidad
Patricia recuerda que en el 2000 ingresó a la universidad por primera vez para estudiar Comunicación Social. Permaneció dos años en la carrera hasta que la crisis del 2001 la obligó a priorizar el trabajo. “Siempre amé la universidad y quise seguir estudiando. Pero las condiciones económicas y el contexto en el que vivíamos en el 2001 y 2002 era horrible. Yo trabajaba de niñera y tenía que optar. Tuve que dejar la facultad aunque dije que en algún momento iba a volver”, describe la profesional.
Así fue que en 2014 tuvo una nueva oportunidad y se abrió una puerta que se había cerrado. Comenzó con la tecnicatura, siguió con la licenciatura en Trabajo Social y hoy está cursando la Especialización en Abordaje Familiar.
La educación sexual como herramienta de empoderamiento
En su trabajo comunitario, Patricia y sus compañeras, muchas de ellas graduadas de la misma tecnicatura, intervienen en comedores y merenderos, enfrentando diversas realidades.
“La carrera nos enseñó a planificar, nos enseñó a poner objetivos, a qué población queríamos llegar, todo eso nos enseñó la facultad a mí y a un montón de mujeres”, destaca Patricia.
Uno de los temas centrales que abordaron en los barrios fue la educación sexual. Como por ejemplo, en un encuentro mostraron dibujos de órganos sexuales y explicaron el uso del preservativo. Para la profesional, este tipo de intervención es crucial, ya que "las mujeres todavía no saben cómo cuidarse".
“Nosotros pudimos entender cómo se construye una planificación, cómo se interactúa con instituciones y poder ir desde nuestro conocimiento a hablar y traer esos talleres a los comedores y merenderos”, señala.
“En la universidad vas sumando a la experiencia un marco teórico que te abre muchos panoramas y principalmente te ubica en un lugar que creías desconocido. Entonces una empieza a cuestionarse y a darse cuenta que el lugar donde estabas viviendo no era saludable”
Violencias institucionales y políticas de cuidado
Desde su experiencia en el trabajo barrial, Franco se muestra crítica con las fallas del sistema a la hora de abordar la violencia de género, señalando que la policía y la justicia "están muy poco informadas o con muy pocas ganas de trabajar".
También cuestiona que el accionar policial "revictimiza", y que incluso mujeres policías "reproducen esto". La falta de recursos que se genera al sacar al hombre de la casa sin un acompañamiento, termina reforzando la dependencia: "le estás diciendo a esa mujer aguantate porque es el que te da el plato de comida”.
“Estas mujeres se están despertando y se están dando cuenta de lo que es violento pero no obtienen nada. Entonces ahí es donde estamos fallando”, agrega.
Respecto a la distribución de las tareas de cuidado, Patricia es contundente: "no hay avance”.
“Nos han enseñado que la mujer es la única que sabe cuidar al niño y a la niña que tenemos tan arraigado que eso causa un daño en la salud mental terrible y le liberamos al progenitor de toda responsabilidad porque en teoría él no sabe cuidar, ni tampoco le enseñamos, ni le dejamos la responsabilidad y entonces ahí es donde no avanzamos. Le han metido el chip a la mujer que es la única responsable del cuidado”.
Considera que las políticas públicas deben buscar que, si la mujer sale a trabajar, "que el hombre también resuelva. Las políticas que solo le resuelven a la mujer sin delegar responsabilidades al hombre solo mantienen el statu quo”.
“Nos han enseñado que la mujer es la única que sabe cuidar al niño y a la niña, lo tenemos tan arraigado que eso causa un daño en la salud mental. Le liberamos al progenitor de toda responsabilidad porque en teoría él no sabe cuidar y entonces no avanzamos”
Las violencias naturalizadas
Otras violencias que a Patricia le preocupan son la sexual, la económica y la simbólica a través de los estereotipos de belleza. Sobre la sexualidad, afirma que "la mujer no tiene el derecho de sentir placer" y que se la ve como "un aparato reproductivo que tiene que estar dispuesta".
En el ámbito económico, critica que el 30% de la cuota alimentaria que fija la justicia obliga a la mujer a "vivir con eso y si no te alcanza anda a trabajar", sin considerar el costo real de criar a los hijos en la actualidad.
Sobre los estereotipos de belleza, advierte el daño a la salud mental y cómo generan exclusión y bullying en la juventud. “Quedas excluida y eso te desmoraliza. Ahí te casás con el primero que te dio bolilla y así seguimos reproduciendo mujeres sometidas ¿por qué? porque no entraron dentro del cuadro de las mujeres que sí lo merecen”.
Con su historia, Patricia reafirma su voz y su postura crítica: “me he enfrentado y he discutido porque pareciera que como yo vengo del lado de los más vulnerables y de las mujeres excluidas es como si yo no tuviera la oportunidad hablar o decir y solo estar agradecida; sin embargo, yo hablo, yo opino, yo me enojo y cuestiono, a mi no me calla más nadie”.
Fotografías: Ana Victoria Espinoza